Arquitectura sagrada: la ruka

rukaSin duda, el ser humano construye su realidad de acuerdo a su entorno y, en ese contexto, no queda fuera el tipo de vivienda que utiliza. A partir de ello, nos hemos detenido en la morada de los mapuche: la ruka. A pesar de su apariencia sencilla y de materiales livianos, esa construcción resguarda toda la cosmovisión de este pueblo originario y tiene mucho que ver con la salud y el bienestar.

 

A partir del estudio de las culturas indígenas y su relación con el mundo de lo sagrado, se ha entendido su vivienda como un reflejo de su forma de ver el mundo. Por esa razón, antes de analizar la ruka hay que entender parte del pensamiento mapuche. De esta manera, muchos de los aspectos espaciales de la casa mapuche, que pueden parecer fortuitos o casuales, adquieren su sentido en las creencias de la gente de la tierra.

Para sumergirse en este conocimiento, primero hay que entender que el cosmos vertical mapuche se divide en tres espacios. El mapu sería el mundo real e intermedio entre el espacio de los dioses y el sitio de los espíritus malignos. Entonces, el mapu aparece como una síntesis entre lo bueno y lo malo.

A su vez, el mundo real o mapu se ordena de forma horizontal en base a los cuatro puntos cardinales. Esta organización se establece a partir del ciclo solar diario, que parte en el este, donde nace el sol, para terminar en el oeste. El mapuche le asigna significados a los puntos cardinales que surgen de su experiencia racional y de su concepción mágico religiosa.

El este (puel mapu) se relaciona con buen tiempo, vientos favorables, buena cosecha, abundancia y salud. Es decir, tiene que ver con los dioses, con el inicio de la vida y con la ayuda divina. El sur (willi mapu) también se vincula a la bonanza, con la suerte y representa el viento que ventila y trae el buen tiempo.

El norte (pikun mapu) tiene que ver con mal tiempo, lluvia, temporales, enfermedad, muerte y mala suerte. Por último, el oeste (lafken mapu) se asocia al espacio de la muerte, que corresponde al lugar hacia donde los espíritus emprenden el viaje.

Los antepasados, durante las horas de descanso, permanecían acostados con los pies hacia el lafken mapu y la cabeza hacia el puel mapu.

En el centro de este mundo real vive el pueblo mapuche y, desde allí, establece una relación con el territorio a través de su vivienda: la ruka. De preferencia, ésta se ubica en lomas, a una distancia prudente de otras para prestarse ayuda. La ubicación en altura los protege de la humedad y les permite vigilar todo su dominio.

Los mapuche nunca se agruparon en grandes aldeas o asentamientos mayores. Sus construcciones se reparten en el territorio sin mayor planificación. Sólo buscan el lugar apropiado para su bienestar.

Es importante mencionar que en todo espacio mapuche existen fuerzas positivas y negativas de la naturaleza, las cuales se activan dependiendo del uso de cada sitio. Este pueblo tiene una visión dual del mundo, que se basa en que cada lugar es el resultado de un equilibrio entre estas fuerzas (newen). Bajo ese concepto, se reconocen dos tipos de espacios:

Los espacios habitables: que son los que están destinados a la gente. Ahí se construye la ruka.

Los espacios no habitables: pertenecen a otras manifestaciones de vida. En esta categoría se encuentran los pantanos, bosques, ríos, entre otros.

El centro de la vida

En comparación con otras construcciones indígenas, las de los mapuche se podrían catalogar como temporales o efímeras. De hecho, los materiales pueden ser transformados con facilidad por la naturaleza. Pero ello no quiere decir que esos elementos no tengan vida; todo lo contrario, provienen de la tierra y pueden volver a ser parte de ella.

El carácter efímero de la ruka responde a una concepción de mundo en la cual el hombre sólo toma de la naturaleza lo que necesita. Además, su forma de construcción responde a una arquitectura natural, bioclimática y ecológica.

El mapuche seleccionaba las mejores maderas para construir: el raulí, pellín, laurel o lingue. Los materiales más livianos, como paja, varas, tallos y juncos, se utilizaban como relleno, revestimiento o amarre de uniones.

A pesar de su carácter transitorio, la ruka es una de las construcciones con mayor permanencia dentro de la cultura mapuche. De hecho, es el espacio más importante para este pueblo, ya que constituye el lugar para el encuentro comunitario y representa toda su cosmovisión.

Allí está sintetizada la tecnología mapuche, sus relaciones espaciales y la práctica de sus tradiciones. Es un espacio múltiple donde se desarrolla lo social, lo privado, lo cotidiano, la educación y la transmisión de valores.

La ruka tiene una forma concéntrica, pues la vida se desarrolla hacia el interior y las relaciones que ocurren allí se articulan a partir del fuego (kütxal). Junto al fogón, los mayores entregan el conocimiento ancestral (kimün) a través de los relatos (epeu). Hay que mencionar que el fuego representa el poder y organiza la vida comunitaria. El fuego siempre está presente en el interior de un recinto habitado y nunca debe apagarse.

Como ya mencionamos anteriormente los cuatro puntos cardinales de la tierra (meli witxan mapu) tienen claros significados para el mapuche. Por ello, la ruka no se dispone en cualquier lugar. La entrada siempre está ubicada hacia el oriente, es decir, hacia la salida del sol (txipan antü). De esta forma, está protegida de los vientos perjudiciales que generalmente vienen del norte.

Desde la perfecta orientación y emplazamiento de la ruka, el mapuche se vincula con la tierra y el medio que lo rodea en un total equilibrio y armonía.

El hablar de la ruka nos permite dejar planteadas ciertas preguntas: si hoy existen otros sistemas de construcción y mayor diversidad de materiales, ¿qué queda de esta forma de relación entre el pueblo mapuche y su entorno?, ¿cómo se vinculan las modernas formas de construcción con la cultura y con la salud? Quizás, a partir de allí podemos definir una buena parte de lo que nos falta para lograr nuestro bienestar.

 
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