
El indígena posee otros ojos para ver la naturaleza: un árbol no sólo da sombra sino que posee un espíritu, guarda secretos curativos y esconde alguna historia. Ese conocimiento es el que puede entregar una persona originaria de un lugar al turista.
Por José Segovia Vergara*
Un hotel cinco estrellas, una cabaña o una carpa. Así de variadas son las ofertas para veranear en el país y cada familia o viajero se adapta a esas alternativas según su presupuesto. Lo cierto es que los paquetes turísticos y las comodidades que éstos ofrecen, cada día ganan más adeptos, alimentando uno de los negocios más prósperos de esta época: la industria turística. Sin embargo, este estilo de viajar se contrapone a una estadía más prolongada y comprometida en los lugares, donde muchas veces ese nuevo tiempo y espacio permite que los sentidos se abran para percibir historias, rincones, personajes y tradiciones que, generalmente, pasan inadvertidos.
El turismo se ha transformado en una gran industria mundial y la mayoría de los viajeros proceden de los países industrializados: un 57 por ciento de Europa y un 16 de América del Norte, es decir, el 80 por ciento de ellos son ciudadanos de tan sólo 20 países. Por lo tanto, la industria turística de los países ricos es la que determina la naturaleza y densidad del turismo.
Pero no todo es color de rosas, ya que estos gigantes del rubro depositan su interés en los beneficios a corto plazo y en la recuperación rápida de las inversiones y los que pagan los costos sociales, culturales, ambientales y económicos del turismo son los países pobres receptores, donde se inscribe toda América Latina.
Debido a ello, el turismo masivo ha recibido muchas críticas, pues como se produce a gran escala, representa una presión insoportable para los recursos locales, desequilibra el mercado laboral y dispara los precios de los productos. Así, los críticos más ácidos de la industria turística la denominan “el nuevo imperialismo” y le atribuyen la causa de grandes daños.
Las consecuencias están a la vista y paciencia de todos, ya que el turismo puede ocasionar una tremenda degradación ambiental. Otro desastre de estos interminables viajes es la destrucción de las economías locales y el desplazamiento de los habitantes de sus tierras.
Paternalismo turístico
Como reacción a este panorama, muchas empresas se autodenominan ecológicas y están apuntando a la moda del ecoturismo, etnoturismo o turismo cultural, conceptos que promueven el uso de guías indígenas, la compra de productos locales, pretenden combinar educación ambiental con un mínimo de comodidades y ayudan a proteger la naturaleza.
Pero la implementación del etnoturismo no es tan simple, pues aunque el turismo promete crear puestos de trabajo para las comunidades, éstos son sólo de servicio y mal pagados. Muy pocas veces son los propios pueblos indígenas los que controlan la organización de viajes dentro de sus territorios y lo más usual es que sus necesidades y derechos se ignoren.
Sin duda, el patrón utilizado por los dueños de las empresas turísticas es tratar a los pueblos indígenas como objetos exóticos que forman parte del paisaje. Este comportamiento trivializa y devalúa la cultura indígena, hace que pierda su sentido y que los productos tradicionales se convierten en recuerdos sin mayor valor. Para muchos viajeros, cultura es sinónimo de canto, baile y artesanía, pero ignoran el sistema de creencias de las personas a las que han visitado.
Los gobiernos y las empresas privadas, en general, enaltecen a las culturas indígenas con el fin de promover el turismo, pero al mismo tiempo destruyen los bosques de estos pueblos y los despojan de sus tierras.
Por su parte, las poblaciones urbanas de muchos países también dan muestra de esta latente ambivalencia hacia los pueblos originarios. Por un lado, pretenden conservar la pureza de las culturas indígenas pero al mismo tiempo continúan considerándolos como “obstáculos de desarrollo”.
Así se van creando nuevas realidades y los pueblos indígenas que, en un tiempo remoto, fueron autosuficientes o vivían del comercio local, ahora se hacen dependientes del dinero, del turismo y de los vaivenes de la economía global.
Ventajas y desventajas
En la actualidad, la mayoría de las comunidades indígenas cuentan con escasos medios para sobrevivir o, simplemente, viven en la extrema pobreza, lo que provoca la pérdida de su identidad, de la cultura y ofrece pocos incentivos para permanecer en los lugares originarios.
La llegada de una propuesta de etnoturismo a estos espacios, entendiéndola como un proyecto planteado y manejado por los propios indígenas, representaría un verdadero beneficio, pues podría eliminar la pobreza y permitiría frenar la emigración de los jóvenes, ya que en sus lugares de origen no tienen grandes posibilidades laborales.
No sería difícil crear un escenario próspero en varios lugares, ya que muchos pueblos originarios han tenido intercambio comercial con todo el mundo durante generaciones y pueden apoyar activamente el turismo. Incluso, el interés turístico podría producir un renacimiento que ayudaría a proteger la herencia histórica y cultural.
Muchos indígenas norteamericanos ganan un dinero que les es muy necesario, gracias a proyectos turísticos que han creado y dirigen ellos mismos. Es más, los indígenas, por su profundo conocimiento de la zona, tienen un papel esencial como guías locales.
Sin embargo, estas grandes ventajas se ven mermadas por el actual enfoque que se le da a este turismo y que está provocando graves daños a los pueblos originarios. Muchas veces puede comprometer su autenticidad, incentivando la imitación de lo foráneo, dañar las instituciones sociales indígenas y puede dividir a las comunidades por intereses o privilegios personales.
Por otro lado, el mercado representa un factor relevante, ya que todos están expuestos a sus variaciones y cuando no se consiguen recursos para la implementación de algún proyecto, permite la intromisión de empresas ajenas a las culturas indígenas, haciendo que los beneficios recaigan en intermediarios.
El turismo puede ser una fuerza positiva para los pueblos indígenas sólo si éstos poseen el control sobre el acceso y desarrollo en sus tierras. El turismo debe ser aceptado por ellos y los beneficios deben repartirse según acuerdos negociados. Sin duda, los pueblos ancestrales aún tienen mucho que aportar.
*Estudioso de las culturas indígenas, ceremoniante andino y director del Centro de Arte y Cultura Indígena de Santiago. Tel.: 696 5121.